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CLIKA: UN RETRATO INCOMPLETO DE UNA GENERACIÓN

CLIKA: UN RETRATO INCOMPLETO DE UNA GENERACIÓN

Pudo haber sido una obra importante para su género; termina siendo una oportunidad parcialmente cumplida… pero una que, al menos, deja ver por qué este fenómeno conecta con tantos.  Hay películas que funcionan menos como grandes obras cinematográficas y más como documentos de una época. Clika entra en esa categoría. Así como Quadrophenia retrató

Pudo haber sido una obra importante para su género; termina siendo una oportunidad parcialmente cumplida… pero una que, al menos, deja ver por qué este fenómeno conecta con tantos.

Hay películas que funcionan menos como grandes obras cinematográficas y más como documentos de una época. Clika entra en esa categoría.

Así como Quadrophenia retrató una juventud definida por la subcultura “rocker” de final de los 70 y Saturday Night Fever convirtió la fiebre disco en fenómeno social, Clika intenta capturar el pulso de los corridos tumbados, un movimiento musical que hoy funciona como identidad, aspiración y discurso para una parte de la juventud.

Salvando cualquier proporción en manufactura o impacto histórico —eso lo determinará el tiempo—, la mayor virtud de la cinta es justamente funcionar como retrato casi antropológico de nuestro presente, mostrando los deseos, contradicciones y conflictos que atraviesan a una generación.

La historia sigue el rápido ascenso de Chito, interpretado por Jay-Dee, vocalista de Herencia de Patrones, un hijo de inmigrantes mexicanos que vive en un pequeño pueblo de Estados Unidos, donde la cosecha de duraznos es método de supervivencia.

Junto a sus amigos, sueña con convertirse en figura de los corridos tumbados, pero la vida le presenta obstáculos, decisiones morales y atajos peligrosos en la búsqueda del tantas veces citado “sueño americano”.

ENTRE EL SUEÑO Y LOS ATAJOS

La película tiene un motto muy claro: no hay atajos para lograr tus sueños. Aunque el mensaje se subraya con demasiada insistencia en diálogos y situaciones, termina funcionando como eje ideológico del guion.

Incluso cuando se acerca a temas controversiales como el narco, la legalización de la marihuana o la obsesión por el dinero y la fama, la película intenta plantear una tensión entre el éxito fácil y el trabajo duro.

El problema es que muchas veces coquetea más con los tropos del ascenso criminal que con explorar de fondo las ideas que dice defender.

Y es una pena, porque ahí había una película más interesante.

También se percibe una oportunidad desaprovechada para celebrar con mayor fuerza la música misma. A diferencia de referentes como 8 Mile o la más reciente y cercana Ya no Estoy Ahí, de Fernando Frías, donde el escenario es catarsis y recompensa dramática, aquí las secuencias musicales —aunque energéticas— no siempre alcanzan el peso narrativo que deberían.

Cuando Chito por fin canta frente al público, se vislumbra una película mucho más viva.

UNA CINTA TORPE… QUE MEJORA CUANDO ENCUENTRA RITMO

El arranque es lento, tropezado y lleno de clichés, con varias situaciones mal ejecutadas. Pero cuando aparece el verdadero catalizador del relato, la película cobra algo de fuerza y encuentra momentos intrigantes.

Donde más batalla es en su manufactura.

Jay-Dee puede ser un gran músico, pero actor no es, y eso pesa sobre la película. El resto del reparto tampoco consigue elevar materiales que ya vienen limitados desde un guion pobre, evidenciando la inexperiencia de la dupla Michael Greene y Sean McBride.

Como ejemplo está Pao Villalobos, reducida prácticamente a apariciones decorativas, o Daniel “Doknow” Lopez, cuyas intervenciones apenas se sostienen sobre la repetición de un mismo chiste.

Destaca, eso sí, Cristian E. Gutiérrez como Tío Alfredo, probablemente el personaje más ambiguo e interesante del conjunto, moviéndose entre la decencia y lo criminal con un carisma que por momentos le roba la película al protagonista.

También hay una representación femenina limitada, con personajes escritos más como símbolos o accesorios que como figuras realmente desarrolladas, uno de varios síntomas de un libreto que no alcanza toda la complejidad que pretende abordar.

Si tienes afinidad por los corridos tumbados probablemente la disfrutarás más, pero incluso si no es tu música, hay interés en asomarse a este universo.

Quizá Clika funciona mejor como cápsula cultural que como drama criminal o cinta de ascenso musical.

La película deja claro su aprecio por las raíces culturales y musicales de esta comunidad, aunque a veces cae en una visión un tanto simplista sobre las generaciones mayores y menores, como si la brecha entre ambas fuera absoluta. Aun así, ese choque también se siente genuino.

RANGO FINAL

Clika es una película irregular, limitada en actuaciones, guion y ejecución, pero con una cualidad valiosa: documenta un fenómeno cultural pocas veces visto en el cine.

No tiene la potencia de los grandes dramas musicales ni la intensidad narrativa de los clásicos del género, pero sí posee algo singular: captura una escena, una estética y una sensibilidad muy de este momento.

 

 

Miguel Perdomo
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